Carta para Steven Spielberg

Carta abierta de Carlos Salvador La Rosa para Steven Spielberg
“ ”

20 de diciembre de 2022,

Buenos días Steven Spielberg.

Le escribo estas líneas para adjuntarle un par de breves notas mías escritas hace un tiempo, que forman parte de una docena de opiniones que publiqué en una revista local sobre las películas suyas que más me fascinan.
La primera se refiere a Inteligencia Artificial, una de las películas de mi vida, que sigue sorprendiéndome cada vez que la reveo o incluso cuando simplemente la recuerdo. Admirando especialmente su segunda parte que fue la más criticada, pero que me parece algo tendiente a la perfección. Y, como un crítico argentino escribió, destinada a la eternidad.
La segunda es sobre una película producida por usted, “Super 8” que también me pareció muy bella.
A Inteligencia Artificial la comparo con un film de Wong Kar Wai, “Con ánimo de amar”.
Y a “Super 8” la comparo con una película suya, ET.
Me gustaría saber su parecer sobre ambas comparaciones.
Ocurre que desde que me jubilé, aunque no pienso dejar de trabajar (soy periodista) mientras pueda, mi sueño más sentido sería dedicarme a escribir varias decenas de notas como las dos que le envío acerca de sus películas. Se que es altamente improbable, si no imposible, pero con solo imaginarlo me contento. Sería una hermosa forma de vivir mis últimos años, ya que implicaría un regreso a la niñez que usted me hizo recordar con su Peter Pan adulto, la película más venerada por mis hijos desde cuando eran pequeños y de allí para siempre.
No me interesa hacer críticas sobre su obra fílmica ni biografías. Lo que me importa es meterme en el significado más profundo de sus películas, lo que usted haya gestado conscientemente e incluso aquello que le salió porque le salió. Una investigación sobre el alma, el espíritu de lo que usted ha filmado. Y no desde la visión de un especialista, que no lo soy, sino de un simple espectador de aquello que casi siempre me asombró mucho más de lo que yo esperaba.
Bueno, acá le adjunto las notas que se refieren exactamente a lo que estoy tratando de explicarle. Ojalá algún día pueda leerlas y puedan interesarle. Y que alguna vez podamos trabajar juntos. Caso contrario, le agradezco lo mismo.
Atentamente.

Carlos Salvador La Rosa
clarosa@#####.ar
Mendoza. República Argentina



I)

“Acerca de “Con ánimo de amar” e “Inteligencia Artificial”

Dos films tan distintos y tan iguales

Por Carlos Salvador La Rosa
clarosa@#####.ar


En una primera mirada estos dos filmes que comentamos son como el agua y el aceite. Casi todo parece separarlos y nada unirlos. Sin embargo “Con ánimo de amar” (Wong Kar Wai, Hong Kong, 1999) e “Inteligencia Artificial” (Steven Spielberg, EE.UU., 2001) son hermanos gemelos en casi todo. Dos inmensas películas que buscan lo mismo por caminos opuestos y que han contribuido -como pocos- en colocar al cine en el olimpo de las grandes artes de la humanidad.
El cine, como la novela, es un gran narrador de historias. De todas las historias las más universalmente narradas y narrables son las de amor. Ahora bien, “Con ánimo de amar” e “Inteligencia Artificial”, más que narrar historias “de” amor, lo que cuentan son historias “del” amor. Lo importante no es tanto la anécdota personalizada en los seres que se aman dentro de cada film, sino la concepción que ellos tienen del amor. Y esa concepción es exactamente igual en ambos filmes, a pesar de ser exactamente contrarios.
“Con ánimo de amar” nos habla de un hombre y una mujer, cuyas respectivas parejas los engañan. A partir de conocerse por esa desgracia, ambos se van enamorando, pero no por venganza hacia los que los traicionaron, por eso no quieren pagarles con igual moneda. Ellos desean vivir el amor más grande del mundo, pero como para eso todo les parece poco, es que descubren -incluso a su pesar- que si quieren eternizar su sentimiento compartido, la única posibilidad que tienen es la de no concretarlo nunca.
“Inteligencia Artificial” es la historia de un niño robot al que se le incorpora un dispositivo que le hace amar incondicionalmente a la persona que lo adopta y que una vez incorporado, ya no puede extirparse jamás. Una serie de circunstancias hacen que la mujer que lo adoptó como hijo “artificial” lo abandone, pero el robotito no está dispuesto a dejar de amar nunca a su madre “artificial”. A fin de recuperar el amor de ella, decide intentar convertirse en un niño de carne y hueso y para eso recurre a las fórmulas de los cuentos de hadas. El niño robot lo intenta todo, tanto que sobrevive dos mil años hasta que las tecnologías pueden hacer revivir, a partir del ADN, a su madre por el breve lapso de un día. Suficiente para el robot al cual el tiempo no le importa, siempre y cuando pueda lograr hacer realidad, aunque sea por un breve instante, su amor eterno.
Se trata de dos concepciones filosóficas sustancialmente opuestas acerca de la naturaleza del amor. Para el oriental Wong Kar Wai, la única forma de acceder al amor verdadero es espiritualizarlo absolutamente, jamás concretarlo físicamente para que éste pueda trascender más allá de los límites temporales. Para el occidental Steven Spielberg, el amor sólo trasciende todos los límites y se espiritualiza definitivamente si antes se concreta físicamente, aunque haya que esperar dos mil años para vivirlo un solo día.
Sendas películas persiguen el mismo fin: preguntarse sobre el significado del tiempo y acerca de la posibilidad de eternizar lo efímero, de encontrar un sentido trascendente en un mundo sin sentido aparente. El mismo fin con medios opuestos. Como lo es Oriente a Occidente y viceversa.
Ambos son filmes desmesurados, sin temor al absurdo, ambiciosos hasta lo sublime. “Con ánimo de amar”, filmado en 1999, pretende ser un compendio del amor, al menos de los últimos dos mil años, desde después de Cristo hasta el año 2000. Aún más delirante, “Inteligencia Artificial”, filmada en 2001, busca profetizar cómo podrá ser el amor en los próximos dos mil años, desde este siglo que nace en adelante.
El secreto que esconden ambas magnas obras es la de que sólo el amor que resiste el paso del tiempo -incluso superando la barrera de la muerte- es el que tiene sentido y el que le da sentido al resto de las cosas de la vida. Sólo en él se puede encontrar algún punto de contacto entre la mortalidad y la eternidad, esa gran contradicción que desgarra a todos los seres humanos, entre aquello que son y aquello que aspiran a ser. Y, paradójicamente, quienes enseñar como lograr tan sobrehumana -pero a la vez demasiado humana- misión son, por un lado una pareja que de tanto amarse no puede tocarse o un robotito al cual cuando se le incorporar el dispositivo del amor, es capaz de amar aún más que la humanidad entera.
Estamos frente a dos obrar de arte tan diferentes entre sí como lo es cada ser humano de cada otro, y a la vez tan iguales como lo son todos los hombres cuando se dedican a buscar lo esencial que los une. Cine en estado puro, donde lo particular de cada uno y lo universal de todos se unen de un modo que está más cerca del milagro que de la razón. Tan iguales por ser tan distintas.


II)

Acerca de Super 8

Un ET inmensamente triste

Por Carlos Salvador La Rosa
#####@losandes.com.ar

Conmovedora película que cuenta una historia de los años ’80 pero con el espíritu del tiempo presente. Un film con jóvenes pero no para jóvenes, sino para todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Que es triste pero es feliz. Que es tan simple como profundo y bello.


Una película plena de tristezas que nos convoca a la felicidad. Eso es “Super 8”, film inmenso, que parece una cosa y es siempre otra muy, pero muy distinta y mejor. Un homenaje al cine que se hacía en los años 80, pero con todas las técnicas y el espíritu del presente. Que solo superficialmente se asimila a esas reiterativas películas “para” adolescentes que hoy saturan la pantalla, con la esencial diferencia que “Super 8” es un film donde los protagonistas principales son jóvenes, pero su contenido no es “para” jóvenes, sino para todos los públicos. Todo magníficamente bien contado y mejor filmado. Mejor dicho, una narración cinematográficamente impecable que con sabia simpleza (que nada tiene que ver con el simplismo) se adentra en los vericuetos del alma humana, tanto de los chicos que están dejando de serlo como de los adultos que recuperan, gracias a sus pibes, el espíritu y la fe que la vida les fue quitando.
“Super 8” es una versión siglo XXI de “ET”, el inolvidable film realizado por Steven Spielberg en 1982; solo que no se trata de una secuela o de una precuela, ni siquiera de una nueva versión del mismo argumento. No, “Super 8” nos cuenta una historia alternativa, la que hubiera acontecido de no ocurrir la que nos contó el ET de los ’80. Una historia mucho más triste que la de Spielberg, inmensamente más triste.
“ET” narraba el encuentro entre unos chicos terrestres con un extraterrestre de su misma edad que se les perdió a sus padres en una excursión a la tierra. Apenas se entera de su existencia, el complejo científico-militar de EEUU quiere apoderarse de él para investigarlo, para manipularlo, en fin, para usarlo de conejito de indias. Sus amigos terrestres, entonces, deciden protegerlo con alma y vida, impidiendo que los adultos se lo roben y al final logran que sus papás vuelvan y se lleven al ET, dejándole éste, a los chicos terrícolas, el recuerdo de una inmensa y hermosa amistad.
“Super 8”, en cambio, parte de la hipótesis contraria: en esta nueva versión de la misma historia, el ET perdido en la tierra es efectivamente capturado por el complejo científico-militar que durante muchos años experimentó con él, produciéndole sufrimientos físicos y psíquicos indecibles. Los chicos que en esta película se encuentran con el ET no lo pudieron conocer de joven ni devolverlo a sus padres, sino que contactan a un ser ya adulto, indignado, con ansias de venganza por todo el dolor padecido, pero que, sin embargo, en el fondo de su alma sigue albergando una bondad esencial. Bondad que recuperará cuando esos muchachones soñadores (que, si la película y la historia hubieran sido otras, habrían sido sus amigos del alma) lo ayudan a regresar a su hogar.
“Super 8” es un film doloroso y triste porque todo lo que ocurrió en ET acá no ocurrió y entonces los jóvenes terrestres y el extraterrestre no pudieron ser amigos. Y el ET, aunque final-mente pueda regresar al hogar, ya perdió su niñez y nadie sabe si se reencontrará con los padres luego de tantos años perdidos.
Sin embargo, “Super 8” es también un film esperanzador y esperanzado, porque –aunque sea por unos instantes– todas las cosas que no pudieron ser terminan siendo. Así, en un fugaz y enternecedor momento, el ET mira de frente al chico que se parece al que en la otra película fue su gran amigo y allí las historias de los dos films –la de “ET” y la de “Super 8”– se hacen una sola, porque el extraterrestre retorna al hogar con la ayuda y el afecto de ese amigo imposible, que en conmovedor final le regala su afecto más preciado (un medallón con una foto de él junto a su madre fallecida). Es que la amistad profunda, la mancomunión espiritual, puede romper todas las barreras del espacio y del tiempo. Esta película también es la historia de los padres de esos jóvenes, sumidos en tristezas múltiples, de las que sus hijos se escabullen dedicándose a filmar una película artesanal. Es allí cuando la casualidad o el destino hacen que en plena filmación, se encuentren con el ET, rescatándolo del mal humano y madurando ellos con tal salvataje.
O sea, el cine penetra en la vida de todos para mejorarles la vida a todos ellos. A los chicos les sirve para ayudar al ET, para comenzar a ser hombres en la realidad y héroes en la fantasía. Pero los muchachos no solo salvan al ET, sino que también logran que sus padres abandonen la tristeza por amor a ellos, sus hijos. Los hijos se protegen de los dolores de sus padres haciendo cine, pero gracias al cine logran que la vida de sus padres mejore, al incorporar estos dentro suyo algo de la fantasía que perdieron cuando la vida les quitó sus ilusiones.
El director J. J. Abrams (que contó en “Super 8” con la producción de Steven Spielberg) es uno de los creadores de la serie televisiva “Lost” y algunas otras más. En esta oportunidad usa todo su saber televisivo para hacer una película nada televisiva, demostrando talento cinematográfico al filmar una película que recupera mil cosas del pasado, pero que nos habla básicamente del presente, de las ilusiones perdidas y de la necesidad de recuperarlas.

Autor: Carlos Salvador La Rosa

Carta para Steven Spielberg. Carta 22.

Un comentario sobre esta carta a Steven Spielberg
  1. Buenos días Steven Spielberg,


    Bastante tiempo atrás, un día se me ocurrió que sería muy lindo contactarme con usted, por eso le envié un par de columnas de cine escritas por mí, una sobre Inteligencia Artificial y otra sobre Super 8, para a partir de allí iniciar una relación.
    Le dije a algunos amigos y me dijeron que la posibilidad del contacto sería de 1000 sobre 1. Yo les dije que creí que exageraban, que lo más seguro sería 1000 sobre O, pero, por puro espíritu de aventura, lo intentaría igual.
    Vivo en Mendoza, Argentina, a más de 10000 kilómetros de usted y a 1000 kilómetros de Buenos Aires. No hablo inglés. Y no tenía la menor idea de cómo contactarme, por lo que lo hago a través de lo poco que encontré en internet, y es por estos medios que sigo intentando la relación. Se que es más difícil que un contacto extraterrestre, pero igual es muy lindo y divertido escribir de cosas referidas a las emociones que me produce su cine. Por eso hoy vuelvo a insistir, esta vez con una propuesta más concreta.
    En fin, que voy a enviarle desde mi isla una botella con el mensaje adentro arrojándolo al mar, esperando que en la otra orilla alguien lo recoja y se lo haga llegar a usted. Difícil pero no imposible. Al menos en las fantasías suele ocurrir.

    Steven, soy setentón apenas unos años menos que usted. Vivo en Mendoza, Argentina, a más de 10000 kilómetros de usted y a 1000 kilómetros de Buenos Aires. No hablo inglés. Y no tenía la menor idea de cómo contactarme, por lo que lo hago a través de lo poco que encontré en internet, y es por estos medios que sigo intentando la relación que inicié meses atrás cuando le envié otra carta. Le cuento para qué.
    Desde principios de los años 70, cuando vi Duel y quedé impresionado, de algún modo vengo pensando los avatares de mi vida relacionándolos con cada una de sus películas, que me acompañaron en mis sentires y pensares. Así como luego pasaría algo similar con mis dos hijos desde los años 90 en adelante. Sus películas son el contexto donde ocurren nuestras vidas.
    Tantas veces me imaginaba poder contarle esto a usted. Pero nunca se dio la ocasión de ponerme a escribir y además no sabía bien qué decirle.
    Pero ahora que me he jubilado se me ocurrió la idea: la de intentar escribir un libro (o dos o tres) con usted, a través de un diálogo permanente. No quiero hablar de su biografía ni de la crítica de sus películas, sobre lo cual hay infinidad de libros y artículos. Yo lo que quiero es compartir las emociones, los sentimientos que me fueron produciendo sus filmes a lo largo de toda mi vida, película por película, y también, momento tras momento de las mismas. De cómo Steven Spielberg intervino siempre en los principales avatares de mi vida. Y que usted me cuente los motivos, principalmente emotivos, del corazón, que lo llevaron a hacer tal o cual película y lo que sintió al hacerla. Y que yo le responda contándole qué sentí en profundidad gozando cada una de sus realizaciones.
    El libro podría llamarse algo así como “Conversaciones entre Steven Spielberg y un espectador del fin del mundo”. Porque yo no soy crítico ni especialista. Soy simplemente, y así quiero considerarme, un espectador más de los millones que usted tiene. Que de alguna manera anhela expresar a muchos de ellos.
    Ese es el diálogo que me encantaría que acometamos en el otoño de nuestras vidas. Yo con mi tiempo de jubilado que es amplio, usted en los que supongo escasos momentos libres. Todo podríamos hacerlo on line, traductores de por medio.

    A continuación le paso una especie de índice donde sintetizo algunos de los temas que quisiera fueran encarados en nuestro diálogo y que ejemplifican esa “sinfonía del sentimiento” que anhelo construyéramos juntos.

    Sobre La lista de Schindler

    Con esa película me ocurrió una anécdota maravillosa. Cuando la vi por primera vez, me conmovió tanto pero tanto, que cuando a la medianoche salí del cine, fui directamente a la computadora de mi casa y me puse a escribir algunas sentidas líneas para el diario donde trabajo. A los pocos días me llamaron del Club Israelita Macabi, una institución cultural judía, porque querían que asistiera a una polémica donde yo defendería el film según lo que habían leído en mi nota periodística. Y un psicólogo argumentaría la posición contraria. Yo expresé mi defensa de la esperanza aún en medio del horror más intolerable y la idea tan propia de usted, de que salvar una vida o unas pocas vidas, era salvar la humanidad. Mi contrincante dijo que ilusionar con alguna esperanza frente al holocausto era una manera de ser complaciente con él y a partir de allí fue muy duro con usted, Steven. El debate siguió pero eso no fue lo importante de la reunión, sino lo que ocurrió después de nuestras charlas.
    En el club había unas trescientas personas, compuestas casi en partes iguales por personas mayores y por jóvenes, hijos en general de esas personas. Y allí ocurrió el verdadero debate, el más interesante, el más apasionante. Mientras que casi la totalidad de los mayores estaban a favor de las ideas del psicólogo, prácticamente todos los jóvenes se pusieron de mi lado para sorpresa del resto de los asistentes, que no se esperaban esa reacción y menos que fuera colectiva. Casi como una catarsis, los chicos la emprendieron contra sus padres diciéndoles que siempre le habían contado una historia del holocausto que era casi como una penitencia bíblica, algo innombrable. Y que ellos querían entender desde otra perspectiva el horror. No para justificarlo, sino para comprenderlo mejor y para seguir creyendo en la humanidad, que de algún modo, esos chicos pensaban que sus padres habían dejado de creer. Sin negar el horror, los muchachos me conmovieron cuando dijeron que querían hablar no solo de la muerte sino de la vida. Y que mi crítica de la película les había dado la oportunidad para decirles a sus padres que ellos tienen otra mirada que mira más hacia el futuro que hacia el pasado.
    La discusión se prolongó por un tiempo extenso y fue casi un desahogo que los jóvenes tenían guardado en su alma y que allí tuvieron la oportunidad, gracias a estar todos juntos y a su película, de decirles lo que nunca le habían dicho a sus padres.
    Eso para mí fue inolvidable. Un aspecto importante de mi vida que le debo a ese film terrible, impresionante y maravilloso que siempre quiero ver de nuevo y que siempre tengo miedo de ver de nuevo.

    Sobre Hook
    Recuerdo que en mi infancia de los años 50, cuando vi Peter Pan de Walt Disney, hubo algo que quedó en mi memoria por siempre, aunque con el tiempo me olvidara de buena parte de la película hasta que de mayor la volví a ver con mis hijos. Fue la escena final, aquella en que el padre de Wendy y sus hermanos, al ver alejarse en el cielo el barco hacia el país del nunca jamás, se acuerda de algo que hace mucho había olvidado: de que el también de niño había viajado en ese barco y hacia ese mismo destino.
    Yo, eran fines de los 50, estaba en esa edad en que todavía creía en los reyes, los duendes, papá Noel y las hadas, pero muchos de mis amiguitos ya empezaban a dejar de creer. Y yo comenzaba a dudar a pesar de que mis padres me motivaran a seguir creyendo.
    Por eso, cuando vi la actitud del padre de Wendy. en ese momento sentí un frenético y singular orgullo: mis amigos estaban equivocados, y los que tenían la razón eran mis padres, lo que decían que no existía realmente existía. El padre de Peter Pan fue mi padre. Mi héroe. El hombre que recordó su infancia y gracias a él yo pude seguir viviendo un tiempo más en ella.
    Lo mismo, exactamente lo mismo, me pasó con Hook en los años 90. En ese entonces mis hijos, de 8 y 5 años, vieron como Peter Pan adulto volvía a creer en la “verdadera verdad” que había olvidado. Y desde entonces los tres, mis dos hijos y yo, adoptamos a Hook como una de las películas de nuestras vidas. Aquella que tenía que ver con la búsqueda de la verdad y su encuentro. Sobre todo con el triunfo de los niños cuando estos convencían a sus padres que su escepticismo era falso, y que las ilusiones de ellos verdaderos. Yo desde entonces volví a creer en las hadas. Como el padre de Wendy o el Peter Pan adulto. Y mis hijos, ya también adultos, deben estar pensando algo parecido con sus hijitas pequeñas que ya han visto Peter Pan de Walt Disney y que por estos días se disponen a ver por primera vez Hook. La verán con su padre, y conmigo, su abuelo.

    Sobre Lincoln

    Acerca de esta película me gustaría reflexionar en profundidad en nuestro posible futuro diálogo. Tengo escritos muchos artículos en los que he analizado el sentido general de la política, su significado más allá de las coyunturas. Y es mucho lo que me gustaría contarle si escribimos el libro. Pero por ahora quiero decirle algo que he publicado en esas notas. Que en mi opinión las cuatro obras fundamentales que interpretan el verdadero significado de la política en su sentido universal son tres libros y una película: El Príncipe de Nicolás Maquiavelo, El político y el científico de Max Weber, Mirabeau o el político de José Ortega y Gasset. Y Lincoln de Steven Spielberg. Son los cuatro tratados que debe analizar todo aquel que quiera entender de qué se trata esa tan riesgosa actividad relacionada con el poder. El modo en que los hombres intentan transformar el mundo con las leyes de este mundo. No la realidad de la fantasía, sino la realidad a secas. Me agradaría analizar los cuatro textos uno por uno y escuchar sus reflexiones a la luz de su Lincoln.

    Sobre Inteligencia Artificial

    Ya el año pasado le envié mi nota publicada en una revista local sobre la comparación entre dos formas de entender el amor, la oriental expresa en “Con ánimo de amar” de Wong Kar-wai, y la occidental que tan bien expresa “IA”. El amor más acá y más allá de la muerte. Acabo de ver una de las películas del último Oscar, “Vidas pasadas”, de Celine Song, donde de alguna manera se reconfirma mi tesis acerca de esas dos sensibilidades, esas dos formas de expresar el amor tan diferentes en su superficie, pero a la vez tan similares en su interior.
    De IA me gustaría mantener no un diálogo sino varios con usted. Como el de aquel momento en que la madre lleva al robotito a la fábrica para que sea desactivado, pero en la mitad del camino detiene el automóvil y le dice que huya. Lo mismo que hace el cazador cuando lleva al bosque a Blancanieves con orden de eliminarla. Puro sentimiento.
    El año en que se estrenó IA, un inteligente crítico argentino escribió una larga nota sobre la película, que la finaliza con las siguientes palabras que yo nunca dejo de releer: “El último plano, que remite a los solitarios cuadros de Edward Hopper, es la imagen misma de la tristeza. La película termina pero se queda en la memoria. Muchas otras lecturas serían posibles. IA tiene varias capas y todas ellas son interesantes…..IA va a seguir siendo una gran película cuando Spielberg, usted y yo ya no formemos parte de este planeta”.
    Pienso exactamente lo mismo. La primera parte del film es muy buena, pero la segunda es casi un milagro. Un milagro de locura y de delirio que no deja de impresionarme. La película que junto a Vértigo he visto más veces en mi vida.


    Las películas de mi vida.

    Yo tengo cuatro films a los que considero las películas de mi vida, ellas son Vértigo, Inteligencia Artificial, Río Bravo de Howard Hawks y Amici miei de Mario Monicelli (el film que se estrenó junto con su Tiburón y que en Italia lo superó a usted en taquilla, nada menos).
    Vértigo es quizá la iluminación. IA es el amor. Amici miei expresa el valor de la amistad. Y Río Bravo el valor de la familia.
    Río Bravo y Hook tienen en común que ambos revalorizan el sentido profundo de la constitución familiar como parte esencial de la vida, y en eso se parecen. La unión o reunión de la familia a través de la aventura. Por eso son films tan maravillosos. En fin, otro, entre tantos temas para compartir diálogos acerca de las películas que amamos. Las suyas, las mías y quizá las nuestras.

    Sobre Indiana Jones y la última cruzada

    Este sería (luego de conversar de cada una de sus películas) quizá el diálogo final. El de reflexionar acerca de la búsqueda de la iluminación, de la revelación, que Henry, el papá de Indiana Jones busca en el cáliz sagrado. Casi todo su cine está relacionada con esa cuestión. Yo intenté que mi vida también. Por eso quiero contarle lo que siento acerca de ello y me gustaría que usted me cuente sobre lo que siente.



    Estimado Steven, quizá todo esto quede aquí y no habrá sido inútil porque pude escribir unas breves líneas sobre cosas que me importan mucho en mi vida y en las que usted está implicado. El milagro sería que yo esta vez hubiera encontrado el camino para llegar a usted, que luego le tradujeran la carta, que además la leyera y me contestara. Pero sino igual todo estará bien.

    Con mi mayor afecto.


    Carlos Salvador La Rosa
    Domicilio: Cerro La Colina 661. Manzana 42. Casa 37. Barrio Dalvian. (5500) Capital. Mendoza. República Argentina.
    Mail: clarosa@#######.com.ar

    Él alli 2 años, por Carlos Salvador La Rosa


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